ANORAMA DE LENGUAS DE LA INDIA

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4EL ASESINATO DE UN POETA: EN HOMENAJE A GARCÍA LORCA SUNIL GANGOPADHYAY CITA DE SWAMI VIVEKANANDA

6SEIS IMÁGENES DE LA INDIA (1ª PARTE) DR. ÒSCAR PUJOL

10LA CONSTITUCIÓN DE LA INDIA DR. RAFAEL IRUZUBIETA

18HINDI: EL APRENDIZAJE ANA THAPAR

21PERPSPECTIVAS DE LA ECONOMÍA DE LA INDIA SEGÚN EL MINISTRO DE FINANZAS DE LA INDIA REDACCIÓN

25LA MÚSICA DE LA INDIA ORÍGENES, TRADICIÓN Y ENSEÑANZA FERNANDO DÍEZ LÓPEZ

5CINCO ARTISTAS INSPIRADOS POR LA INDIA REDACCIÓN

38DADIMA KI RASOI REDACCIÓN

39VISITANDO NUESTRO PRADESH MADHYA PRADESH - VIAJAR POR LA INDIA CON HOLA NAMASTE

43CARTA DESDE “EL PROPÓSITO DE LA VIDA” ABIGAIL Y JUANCHO DEL ÁGUILA

45KHAJURAHO: ALGO MÁS QUE TEMPLOS SUSANA ÁVILA

47MADHYA PRADESH (EL SECRETO MEJOR GUARDADO) FÉLIX ROIG

32INDIA-OURENSE: ALGO MÁS QUE UN INTERCAMBIO DE ESTUDIOS CÉSAR TABOADA

EL ASESINATO DE UN POETA EN HOMENAJE A LORCA

Sunil Gangopadhyay

De uniforme raído y verde, dos guardias condujeron al poeta. El poeta preguntó: ¿para qué estas cadenas en mis manos? Los guardias no respondieron. Los dos guardias tenían cortada la lengua. En la luz pálida del crepúsculo se escucha el ruido sordo de sus botas. Por su rostro la marca de una severa melancolía y en sus ojos el rojo fluorescente de un cartel publicitario... A su alrededor miles y miles de personas, hombres y mujeres.

Algunos han hecho un largo camino por campos de trigo. Algunos antes de que la sirena sonara en su fábrica. Otros tras cerrar las contraventanas de sus tiendas. Algunos con carretes nuevos en sus máquinas de fotos. Otros con sus bastones de ciego. La madre no ha dejado a su hijo en casa. El joven ha venido con la joven. El viejo agarra por el hombro a otro viejo.

Todos han venido a ver la escena del asesinato de un poeta. {...} El poeta alzó la vista de sus manos al centro del gentío. Entre el gentío buscó a un hombre. Entre las mujeres todas a una sola mujer. {...}

La primera bala le pasó al lado de la oreja. El poeta esbozó una sonrisa. La segunda bala le atravesó el pecho. Peor el poeta seguía riendo. La tercera le entró por la garganta. Tranquilo, el poeta dijo: “no moriré”. ¡Error! los poetas no siempre son clarividentes. La cuarta bala le estalló la frente.

El poste de ejecución se rompió con las siguientes. La sexta le seccionó la mano que se había puesto en el pecho.

El poeta se derrumbó. La gente acudió para tocar su sangre. El poeta no escuchó ningún ruido, ni parabienes ni sollozos. En el instante en que la sangre, el cerebro, la carne se esparcieron por el suelo comenzó a llover a cántaros. Nadie advirtió si antes de respirar por última vez se movieron o no los labios del poeta.

En realidad, el último instante del poeta no fue desdichado: Con la vista puesta en su mano cortada que yacía por el suelo, quería decir: “Estaba convencido, mi mano no seguirá encadenada”.

Traducción de Sumana Sinha, Lionel Ray y F. Torres Monreal De la antología “12 poetas bengalíes”, Lancelot.

CITA

“Cosechamos lo que sembramos. Somos los forjadores de nuestro propio destino. Sopla el viento; los barcos cuyas velas están desplegadas lo atrapan, y reman adelante, pero los que tienen sus velas plegadas no atrapan el viento. ¿Es culpa del viento?... Hacemos nuestro propio sino.”

Swami Vivekananda

DE LA INDIA (1ª Parte)

ndia, al igual que China, forma parte del imaginario colectivo de la civilización occidental. No es solo un ámbito geográfico, histórico o cultural, sino que las memorias de la India están inscritas en el baúl de los recuerdos occidentales. Por eso, en los umbrales del siglo XXI convendrá sacar el polvo a este baúl y despejar las telarañas de la costumbre que tejen imágenes heredadas sobre una realidad siempre cambiante.

Desde la antigüedad griega India ocupa un lugar en el seno de la cultura occidental y ha servido como contraste para la construcción de Occidente. India nunca ha sido para Occidente el Otro Inmediato, el vecino extraño, el enemigo agazapado tras la frontera, sino el Otro Remoto que ocupa un lugar demasiado lejano y por lo tanto siempre abierto a la tergiversación de la fantasía. Es interesante constatar que la India era para los antiguos occidentales un lugar de riquezas fabulosas y de religiones extrañas. El misticismo y la opulencia eran dos conceptos claves para definir la India en el mundo occidental antiguo.

El Occidente moderno, especialmente a partir del siglo XIX, cambió la opulencia por la pobreza y dejó intacta la idea del misticismo. Misticismo y mise-ria se convirtieron así, especialmente a lo largo del siglo XX, en dos de las eti-

Dr. Òscar Pujol

quetas más utilizadas cuando se hablaba del gran continente indostánico. El etiquetado no podía, sin embargo, ser más desafortunado, sobretodo si tenemos en cuenta que lo que los antiguos entendían por misticismo era algo muy distinto de la percepción moderna del mismo. Para los antiguos el misticismo era una forma de sabiduría, una forma de liberarse de las condiciones impuestas por las necesidades físicas, una apertura, en suma, a una dimensión más amplia. Para una buena parte del mundo moderno, en cambio, el misticismo o la espiritualidad serían en el mejor de los casos una huida de la realidad, un derivado virtual del opio que ayuda a dormir el sueño de los necios y en el peor de los casos, un instrumento de dominación en manos de las clases privilegiadas.

La imagen resultante no podía ser por lo tanto más aterradora: la India es pobre porqué es religiosa o espiritual y porqué favorece una visión jerárquica del mundo para mantener a sus masas constantemente oprimidas. Finalmente cuando estas masas se rebelan la violencia contenida estalla en un millón de motines, para utilizar la famosa frase del escritor de origen indio: V.S. Naipaul.

Por otro lado, sigue habiendo mucha gente que continua teniendo la imagen romántica de una India poblada de Maharajas, elefantes, encantadores de serpientes, sabios medio desnudos que se alimentan exclusivamente de aire, yoguis con la cabeza al suelo y los pies al aire, tañedores de sitar con los ojos semicerrados en musical éxtasis, pavo reales que danzan en los mármoles irisados de jardines mogoles y para acabar de aderezar un plato tan exótico la guinda del pueblo indio como una masa apacible y sonriente, adoradora de la no-violencia, que todo lo arregla con un pacífico namaste y una ofrenda a los dioses.

No es pues de extrañar que la gente que piense así no consiga acoplar la imagen de una India moderna, de una nueva potencia emergente tanto en lo económico como en lo político-militar, con la imagen de una India ancestral entregada a la sabiduría milenaria.

Por otro lado, a principios del siglo XXI el mundo mediático nos ofrece también una nueva visión que está emergiendo con fuerza y que quizás obligue a cambiar algunas de las dicotomías con que Occidente ha acostumbrado a pensar el mundo. Por ejemplo las dicotomías entre tradición y modernidad, entre ciencia y religión, entre espiritualidad y materialismo, para nombrar sólo unas cuantas. Esta nueva visión nos ofrece la imagen de una India moderna poblada por jóvenes ejecutivos de las pujantes compañías de Asia, por las estrellas rutilantes de Bollywod con su estilo de vida opulento y escandaloso, por un ejército de licenciados dispuestos a conquistar el primer mundo con su conocimiento especializado. Al mismo tiempo los santos tradicionales de la antigua India parecen persistir en la figura de personas como Amritanandamayi Ma y en las grandes aglomeraciones de la Kumba Mela. ¿Es posible para un país enviar satélites al espacio y conservar al mismo tiempo la sabiduría ancestral del espíritu? Occidente ha construido la modernidad negando su propia tradición. ¿Podrá la India adaptarse a los retos del siglo XXI sin por ello dar la espalda a su propia cultura tradicional? No es una pregunta fácil de contestar, pero el ejemplo indio quizás sirva para entender que lo sagrado y lo secular no son mutuamente excluyentes y que no se puede construir la modernidad más innovadora sin tener al mismo tiempo los pies fuertemente enraizados en el suelo de la propia cultura. ¿Son religión y ciencia realidades mutuamente excluyentes o quizás operen en terrenos distintos de la experiencia humana?

En primer lugar podríamos hablar de la secularidad intrínseca de la India. La India no es un país de idealistas contemplativos, incapaces de actuar eficientemente o de pensar analíticamente, aunque haya todavía gente en Occidente que siga albergando esta idea. Ciertamente la India siente una debilidad especial por la religión, pero entiende la religión no exclusivamente como un dogma, sino también como una búsqueda. El objetivo de la religión en la India no es la solamente la virtud

o la salvación, sino también el conocimiento y la liberación. Lo religioso no es tan sólo una obsesión ultramundana que frustra nuestra plenitud existencial aquí en la Tierra, sino la respuesta efectiva al problema del dolor, ya que es capaz de dar un sentido final a la tragedia de la muerte. La religión puede transmutar el sufrimiento en comprensión y es capaz de elevar el placer mundano, efímero y relativo interpretándolo como un signo del gozo divino, que no es sino otro nombre para lo que algunos llaman “la alegría de vivir”.

Históricamente es en el siglo XIX cuando la imagen clásica de espiritualidad y riqueza se bifurca en dos direcciones del todo opuestas. En el siglo XIX la admiración que Occidente había sentido por la India remota parece desvanecerse debido a los cambios que se suceden dentro de la propia cultura occidental. La idea de progreso, la revolución industrial, la teoría de la evolución, la eclosión del pensamiento y de la visión científica, la emergencia de la democracia y el sufragio universal, el individualismo, el positivismo, el marxismo, etc., configuran una visión de la realidad que no parece encontrar su contrapartida en la India, que se ha convertido ella misma en un sujeto colonial y en un ejemplo de una civilización atrasada o hundida en el cenagal de la tradición. No es pues de extrañar que se produjese la doble sustitución mencionada más arriba y que el misticismo y la pobreza acabaran siendo las dos caras de una misma moneda.

Pero el siglo XIX no es sólo el siglo del positivismo, sino también el siglo del romanticismo. Paralelamente a la actitud dominante, hay un grupo de estudiosos occidentales, los denominados orientalistas, que construyen una imagen de la India totalmente opuesta a la anterior. Se trata, una vez más, de la India espiritual, ya conocida por los griegos, pero basada ahora en la lectura de los textos clásicos, una India alejada de la realidad cotidiana donde todo tiene un valor simbólico y metafísico. El romanticismo alemán fue el principal agente en la construcción de esta otra India, hasta llegar a establecer una dicotomía entre la Europa materialista, decadente y perversa y la reserva espiritual de la India. La India se convierte entonces en un refugio para los occidentales cansados de su propio sistema de vida, un oasis en un mundo despiadado y competitivo. Si en el siglo XIX esta actitud estaba reservada a cierto sector de las elites intelectuales de Occidente, a partir de la Segunda Guerra Mundial se populariza entre las nuevas clases medias de Estados Unidos y Europa. El movimiento hippy de los años sesenta es el heredero principal de esta actitud hacia la India, todavía vigente y tan reductora como la visión negativa que hemos mencionado antes. Es esta visión romántica y estrecha de la India la que explica la contradicción que algunos amantes de este país sienten al visitar por primera vez el país de sus sueños. ¿Cómo es posible, se preguntan a menudo, que la India de los yoguis, de la sabiduría, de la paz interior y de la armonía universal se encuentre reflejada en la avidez, la corrupción y la dureza que a veces se hace patente en la vida contemporánea?

En estas líneas proponemos desempolvar de prejuicios el desván de los recuerdos y mostrar cuales son las distintas imágenes que Occidente ha ido fabricando a lo largo de los siglos. Como he dicho las dos imágenes más consistentes en la antigüedad eran la de una India espiritual y una India próspera. Hasta bien entrado el siglo XVIII la imagen de las fabulosas riquezas de los mogoles indios seguía fascinando la imaginación europea. A partir del XIX la idea de opulencia es sustituida por el de pobreza. Hemos de tener en cuenta que la Revolución Industrial va a cambiar irremisiblemente el concepto de pobreza y desarrollo, y que por otro lado el expolio colonial influirá enormemente en la producción y la distribución de riqueza en la India del siglo XX. Pero más allá de estas tres imágenes que hemos barajado a lo largo de las páginas anteriores, hay tres imágenes más de la India que son propias de Occidente y que tienen hoy en día una importancia capital para entender ese gran país.

Resumiendo podríamos decir, sin ánimo de ser exhaustivos ni de agotar todas las representaciones posibles, que las seis imágenes de la India en orden cronológico son las siguientes:

La India espiritual

La India exótica

La India opulenta

La India comerciante

La India del conocimiento

La India de la pobreza

Las tres primeras nos vienen dadas ya a partir del mundo griego. La cuarta se hace realidad en la época romana, cuando el comercio entre la India y el Mediterráneo adquiere unas dimensiones que quizás no se vuelven a repetir hasta la llegada del mundo moderno. La cuarta de estas imágenes fue introducida en Occidente gracias al Islam de la Península Ibérica que hizo de puente entre el saber indio y el europeo. La última de las imágenes como hemos mencionado tiene sus orígenes en el siglo

XIX. Examinaremos históricamente estás imágenes en la próxima entrega de este artículo.

Fotos: Mercé Blasco

DE LA INDIA

ntecedentes Históricos. Impartiendo una serie de conferencias bajo el título “¿Qué es la India?” en el año 1888, John Strachey, administrador colonial experimentado y gran conocedor de la India, decía: “ese país no existe, y éste es el primero y más importante de los hechos que podamos aprender acerca de la India. La India es un nombre que damos a una dilatada región que comprende multitud de países diferentes”. Sostenía que a la India le faltaban la mayor parte de los facto-res de unidad habitualmente considerados como constitutivos de la nación: raza, lengua, religión e historia comunes. Posiblemente, no le faltaba razón en aquel momento.

A finales del siglo XIX y principios del XX la India estaba dividida, desde el punto de vista religioso, en 239 millones de hindúes, 78 millones de musulmanes, 4 millones de sikhs y 6 millones de cristianos. Desde el año 1858 la comunidad musulmana mantenía con la autoridad colonial relaciones autónomas. El histórico antagonismo entre los hindues y los musulmanes erige a Gran Bretaña en guardiana de la paz. Es innegable que la India era (y es hoy) un mosaico racial, lingüístico y cultural. La diversidad étnica resulta de las mezclas entre las oleadas pobladoras que se han sucedido en el curso de la historia del subcontinente indio, entre ellas, la de los arios.

Añádase que la segmentación de la sociedad en castas jerarquizadas y el

ostracismo de decenas de millones de intocables confirmaba la tesis de Strachey, compartida por la mayoría de los ingleses. La India no podía formar una nación unificada. La consecuencia evidente de este postulado es que, como la India no constituía una nación, resul-

Dr. Rafael Iruzubieta

taba incapaz de disponer de sí misma y no podía aspirar a la independencia, y ni siquiera a la autonomía administrativa, de Gran Bretaña.

Nótese, sin embargo, que a pesar de las diferencias de lengua, de raza y

de tradiciones, ya se constataba en la época colonial una cierta homogeneidad, que hacía que el tamil transplantado a Bengala o al Punjab experimentase una sensación de familiaridad que no tendría, por ejemplo, en las antiguas Persia o Indochina, y esa familiaridad era principalmente de índole religiosa. Pero hay que reconocer que por entonces era imposible encerrar la definición de la nación en una numeración de criterios de unidad. La nación india ha sido el resultado del proceso de liberación, más que su punto de partida. La historia de la emancipación de la India lo demuestra, por ser en realidad la historia de una toma de conciencia nacional.

La ideología de los nacionalismos europeos impregnó el pensamiento político de una gran parte del movimiento indio por la liberación. La historia de la independencia americana y de la unidad italiana tuvieron valor de ejemplo para los luchadores indios por la independencia. En el año 1921, Gandhi recomendaba la lectura de los escritos de Mazzini sobre la vida de Garibaldi a los estudiantes que marchaban a las ciudades a predicar la resistencia. Aquellos intelectuales hindúes de Bombay, Calcuta y Madrás se nutrieron al mismo tiempo de la tradición liberal inglesa, y en particular de Burke y de John Stuart Mill. A finales del siglo XIX no pedían el fin del régimen colonial, sino, dentro del marco del Imperio Británico, la concesión de instituciones representativas modernas a lo occidental. Posteriormente, vino el verdadero movimiento de liberación, que se ha venido en llamar movimiento por la nación india, porque fue también un movimiento creador de la nación.

Este movimiento fue liderado, principalmente, por el Congreso Nacional Indio (CNI), que se fundó en el año 1885, y comenzó a reunirse una vez al año. En esas reuniones se pronunciaban discursos y se votaban mociones teñidas de la más profunda lealtad a la

Corona británica, y en las que se repetían las mismas peticiones: admisión de los hindúes en los consejos legislativos, imperial y provinciales, facilidades de acceso a los concursos para proveer plazas en la Administración Colonial, disminución del capítulo militar en el presupuesto de la colonia, rebaja de la fiscalidad territorial e instauración de una protección aduanera. En el fondo, el CNI se adhería sin restricciones a la ideología política liberal en vigor en la Inglaterra victoriana. Únicamente reprochaba a los ingleses que negasen esas mejoras a sus súbditos de ultramar.

El carácter hindú del movimiento del Congreso se acentuó a medida que avanzaba el siglo XIX. En el año 1877 se creó un movimiento paralelo, el Arya Samaj, cuyo fundador fue Swami Dayananda Saraswati (1824-1833), un brahmán del Gujarat que predicaba un hinduismo reformado, la vuelta a la edad de oro védica y el desarrollo económico y cultural de la India por vías hindúes, abandonando los remedos occidentalistas. Este movimiento se adhirió en el año 1899 al CNI.

El CNI a principios del siglo XX no es de hecho sino un amplio compromiso

de participación política dentro del Imperio británico, y únicamente la generalidad de sus opciones y principios lo preservaba de la fragmentación. Pero avanza, en todo caso, hacía la independencia de la India, con la influencia de dos políticos de un gran arraigo popular que aparecen en la escena política india en el año 1914: el brahmán Bal Gangadhar Tilak (1856-1920) y la Señora Annie Besant (1847-1933). Tilak es un lider que utiliza las motivaciones religiosas como estímulo del sentimiento nacional. En el año 1916 creó la Liga del hogar indio. Annie Besant, con 66 años de edad en el año 1914, era una mujer de una personalidad excepcional. Perteneció a la élite intelectual radical y socializante. Atraída por la teosofía y seducida por la metafísica hindú, llegó a la India en el año 1893 para trabajar al servicio de la Sociedad Teosófica, de la que habría de ser posteriormente su Presidenta mundial. Fue la fundadora, también en el año 1916, de la Liga Autonomista Panindia, cuya consigna era el gobierno de la India por la India.

En junio del año 1917 la detención por los ingleses de Annie Besant y sus principales lugartenientes provocó un verdadero clamor nacional y la adhesión de las dos ligas de Tilak y de Besant al Congreso. Al salir de prisión la Señora Besant unos meses después, y en la cima de la popularidad, fue designada para presidir la Asamblea del CNI, que tuvo lugar en Calcuta a finales del año 1917.

Para completar el camino hacia la independencia de la India a principios del siglo XX, es interesante resaltar que, como algo equivalente en el lado musulmán del CNI, se constituyó en el año 1905 una fuerza política musulmana importante, uno de cuyos objetivos era la restauración de la monarquía musulmana, derrocada un siglo antes por la conquista inglesa. La élite musulmana temía haber perdido, junto con la confianza de los ingleses, toda posibilidad de conservar en la India un papel de primer plano. Bajo la dirección del magistrado Sayyid Ahmad Khan (18181898) se desarrolla un movimiento modernista que pretendía convertir a los musulmanes a la educación occidental, para permitirles colaborar en todos los niveles con el poder colonial, y conservar así un estatuto prestigioso en el país, superando las prevenciones británicas respecto a ellos. Esto provocó el enfrentamiento de Sayyid Ahmad Khan y sus afines con el CNI y con el movimiento nacionalista. Pero en el año 1917, coincidiendo con el clamor nacional por la detención de Annie Besant, se produjo un acercamiento imprevisto entre musulmanes e hindúes, lo que dio lugar a que se despertara entre los musulmanes de la India una corriente de solidaridad con el movimiento panislámico. Previamente, en el año 1916, el Congreso y la Liga Musulmana celebraron una sesión común, proponiéndose como fin último obtener para la India el Estatuto de autonomía de los dominios del Imperio británico. Este llamado “pacto de Lucknow” se realizó sobre la base de un doble compromiso: el Congreso admitía el principio de la representación separada de los musulmanes en los Consejos gubernamentales y la Liga Musulmana aceptaba el principio de un Gobierno representativo.

En el año 1906 se fundó una organización llamada Hindú Mahasabha, que era el órgano político de los comunalistas hindúes. Muchos miembros del Congreso Nacional hindú se afiliaron a esta organización. En ese mismo año se fundó una milicia de militantes hindúes, el Rashtriya Svayamsevak Sangh (en anagrama, R.S.S.), que ha tenido una importancia relevante en la vida política india después de la Constitución. Su brazo político (el Bharatiya Janata Party, o partido del pueblo indio) ha gobernado el país durante los años 1996 al 2004.

En 1914, hace aparición en la escena política la figura de Mohandas Karamchand Gandhi, a quien Rabindranath Tagore puso el apelativo de Mahatma (alma grande). Cuando Gand-hi, que a la sazón tiene 45 años, regresa de Sudáfrica a la India e irrumpe en la política del país, la escena política la ocupan unos grandes líderes moderados y radicales como Lajp t Rai, S.N. Banerjee, Gokhale, Tilak y Annie Besant, cuyo estilo y perspectivas políticas son mucho más clásicas y menos exigentes que las de Gandhi. Gandhi viene con un ideal forjado en África del Sur, que se concreta en la palabra satyagraha, que significa abrazo de la verdad (del sánscrito satya, que significa verdad, y agraha, que significa presa). Es una técnica de dominación moral o agitación no violenta al servicio de la verdad. Este movimiento se inicia en diferentes partes de la India. Un satyagraha muy significativo fue el que se inició en el año 1918, en el distrito de Kaira, en el Gujarat natal de Gandhi. Los campesinos, abrumados por una cosecha desastrosa y un periodo de alza vertiginosa de los precios, además de una grave epidemia de peste, pedían una condonación de impuestos, a lo que se oponía la Administración colonial. Otro s tyagraha importante fue el de Ahmadabad, la gran ciudad algodonera, en la que se desarrollaba un conflicto salarial entre patronos y obreros. En el satyagraha de Kaira, Gandhi organizó la resistencia pasiva de los campesinos, que dejaron de pagar el impuesto. En Ahmadabad organizó la huelga obrera y consiguió una solución al conflicto, tomando parte él mismo en una huelga de hambre. En ambos casos contrasta con los líderes políticos tradicionales, por la elección que hace de las causas que ha de defender, por sus métodos de agitación, por la connotación moral de sus consignas y por el fervor excepcional que suscita en las masas.

Llegamos al mes de agosto de 1942, cuando Gandhi promovió el movimiento “Quit India” (dejen India). Decía Gandhi: “quiero libertad inmediatamente, esta misma noche, antes del amanecer, si fuera posible. Libraremos a la India o moriremos en el intento, no viviremos para ver la perpetuación de nuestra esclavitud”. Esto lo dijo el Mahatma cuando los británicos acudieron a una represión brutal contra los pacíficos seguidores del Satyagraha.

La India logró su independencia de Gran Bretaña el día 15 de agosto de 1947. Pero, antes de que se aprobara su Constitución, hubo de pasar por el trauma que supuso el asesinato de Gandhi el día 30 de enero de 1948, a manos de unos fanáticos hindúes que no le perdonaron que permitiera la existencia de Pakistán, que, según ellos, suponía un gran sufrimiento para todos los indios de credo hindú. Hace poco que falleció el último superviviente de los que perpetraron y ejecutaron el crimen, Gopal Godse. El fanatismo de los asesinos de Gandhi era tal que el Señor Godse llegó a decir “si me preguntas si siento arrepentimiento, mi respuesta es no. Tomamos la decisión a sabiendas de lo que estábamos haciendo. Sabíamos que si permitíamos a Gandhi seguir viviendo, haría más y más daño a los hindúes, y no podíamos permitirlo”.

Una de las tareas más importante que se presentó en 1947 a los nuevos responsables de la India era la integración política de los 554 Estados regidos por Príncipes (o maharajás) que habían sobrevivido bajo la protección británica. La Ley de Independencia de la India, votada en 1947 por el Parlamento británico, eximía a todos esos Estados de su obligación de juramento de fidelidad a la Corona británica, y los hacía libres de disponer por sí mismos de su suerte. Pero, un mes antes de la proclamación de la independencia, el CNI rechazó categóricamente las pretensiones de los Príncipes a la emancipación. De hecho, al día 15 de agosto de 1947, todos los Estados regidos por Príncipes, excepto tres, habían aceptado ya su anexión a la Unión India. Reconocieron así la plena soberanía del nuevo Gobierno indio en materia de relaciones exteriores, de defensa y de comunicaciones en todo el territorio de la India, comprendidos sus Estados.

El artífice de la unificación territorial fue Sardar Patel (1875-1950), que encabezaba el ala derecha del Congreso Nacional. A la muerte de Patel, en 1950, la obra de unificación territorial estaba terminada en sus líneas generales. La India, por primera vez en su historia, era verdaderamente una nación unificada.

Estudio sumario de la Constitución de la India

Una vez cumplida la unificación territorial, la construcción política de la India independiente implicaba la elaboración de una Constitución. Más que una simple colección de reglas relativas al funcionamiento del Estado y de los poderes públicos, la Constitución promulgada el 26 de noviembre de 1949 (y que entró en vigor el 26 de enero de 1950) es una carta de los grandes principios sobre los cuales había de construirse la nación india y, en cierta medida, un pro-grama de acción social y económica. Refleja casi exclusivamente los criterios del CNI sobre el futuro de la India. La Asamblea constituyente se formó en el año 1946 (casi un año antes de la independencia) y se eligió por las Asambleas provinciales en las que los congresistas eran por lo general mayoritarios. Ello explica la oposición de los comunistas y de los socialistas a la elaboración inmediata de una Constitución, la cual, según ellos, hubiera debido ser redactada por una Asamblea elegida por sufragio universal.

La Asamblea constituyente necesitó tres años para redactar el texto de la Constitución. El comité de redacción estaba integrado por destacados abogados, miembros de la pequeña clase media india. Lo presidía Babasaheb Bhimrao Ambedkar. Las ideas directrices de la Constitución fueron formuladas por Nehru en la apertura de la Asamblea constituyente: la India –dijo Nehru-“será una República independiente soberana, en la que todo poder y autoridad procederán del pueblo. La Constitución garantizará a todo el pueblo de la India la justicia social, económica y política; igualdad de estatuto, igualdad de oportunidades, igualdad ante la Ley, libertad de pensamiento, de expresión, de creencias, de fe, de culto, de vocación, de asociación y de acción, dentro de los límites impuestos por la Ley y la moral pública.

La Constitución proporcionará garantías adecuadas a las minorías, a las zonas más atrasadas y tribales y a las clases de bajo nivel, así como a otras categorías inferiores”.

Tales directrices se concretan en los principios de democracia, laicismo, abolición de la casta y de la intocabilidad que luego consagraría la Constitución, desde su preámbulo, que dice:

Nos, el pueblo de la India, habiendo solemnemente decidido constituir la India como república democrática soberana y asegurar a todos sus ciudadanos:

JUSTICIA, social, económica y política.

LIBERTAD, de pensamiento, de expresión, de creencias, de fe y de culto.

IGUALDAD, de condición y de oportunidades.

FRATERNI AD, que aseguré la dignidad del individuo y la unidad de la Nación.

EN NUESTRA ASAMBLEA CONSITUYENTE A LOS 26 DÍAS DEL MES DE NOVIEMBRE DE 1949, ADOPTAMOS, PROM LGAMOS Y NOS DAMOS ESTA CONSTITUCIÓN.

Se ve enseguida que esos principios esenciales (libertad, igualdad y fraternidad) están tomados de la Constitución francesa aprobada tras la revolución de 1789.

La Constitución de la India consta de 395 artículos y 9 anexos. Es una de las Constituciones más largas del mundo, junto a la de Venezuela. Nuestra vigente Constitución española consta de 169 artículos.

Está dividida en 21 Partes. La parte primera se dedica a la Unión y su territorio. La segunda a la ciudadanía. La tercera a los derechos fundamentales. La cuarta a los principios directivos de la política del Estado. La quinta a la Unión. La sexta y séptima a los Estados. La octava y la novena a los territorios de la Unión. La décima a las áreas registradas y tribales. La undécima a las relaciones entre la Unión y los Estados. La duodécima a las finanzas, propiedades, contratos y litigios. La decimotercera al tránsito, comercio e intercambio dentro del territorio de la Unión. La decimocuarta a los servicios prestados a la Unión y a los Estados. La decimoquinta a las elecciones. La decimosexta a las disposiciones especiales relativas a ciertas clases. La decimoséptima al idioma oficial. La decimoctava a las disposiciones para emergencia. La decimonovena a disposiciones diversas. La vigésima a la reforma de la Constitución, y la vigésimo primera a su entrada en vigor.

En su complejo articulado recoge las dos Partes principales de las Constituciones, la parte programática o dogmática, que reconoce los derechos fundamentales propios de cualquier democracia moderna, y la parte orgánica, que regula la Constitución y el funcionamiento del Estado y de los tres poderes tradicionales que lo integran: el legislativo, el ejecutivo y el judicial.

Vamos a ocuparnos en primer lugar de la parte orgánica. Las disposiciones relativas al fundamento y al ejercicio de los poderes no son en modo alguno originales. Lo esencial está tomado del Acta sobre el Gobierno e la India de 1935 y, en cuanto al resto, está tomado de diversas Constituciones de Europa, de América o de la Commonwealth. Los constituyentes, líderes políticos formados en la tradición liberal democrática inglesa (entre ellos, muchos abogados), rechazaron los propósitos de una minoría de gandhianos que deseaban una organización muy descentralizada, cuya célula de base habría sido el Consejo local o de aldea.

Por el contrario, la centralización es uno de los objetivos de la Constitución. La India nueva se define como una democracia parlamentaria y republicana de tipo federal. Pero en el Gobierno Central se concentran todos los poderes en materia de defensa, de relaciones exteriores, de comunicaciones, de moneda y, en cierta medida, de desarrollo económico. Por lo demás, en caso de urgencia, el poder central puede asumir, durante un periodo inicial de seis meses ulteriormente ampliable, el Gobierno directo de un Estado. Los casos de urgencia previstos son las situaciones amenazantes para la seguridad, como la agresión exterior o los desórdenes interiores, las crisis financieras y el Gobierno que no actúe según las cláusulas de la Constitución. El uso ha establecido asimilar a este último caso las situaciones de inestabilidad política crónica.

La India se convierte en una República libre e independiente, integrada por 28 Estados y 7 Territorios de la Unión.

La Constitución configura un sistema parlamentario, donde la soberanía reside en el pueblo a través de las Cámaras baja y alta, con un poder ejecutivo que asume un Jefe de Gobierno elegido por la Cámara baja.

La Cámara popular o baja de la India se denomina Lok Sabha, y está compuesta por representantes del pueblo elegidos directamente por sufragio universal. Pueden votar todos los ciudadanos mayores de 18 años. Rige el sistema electoral de mayoría. Cuando se redactó la Constitución, se dudó del establecimiento de un sistema proporcional, que se consideró en principio adecuado dada la diversidad multiétnica de la sociedad india, pero al fin se optó por el sistema mayoritario para evitar legislaturas fragmentadas y procurar la formación de gobiernos estables.

La Cámara baja está compuesta por 545 miembros, con dos miembros nombrados por el Presidente de la República para representar a la comunidad angloindia. Las elecciones se celebran cada cinco años, pero el Presidente de la República tiene la facultad de disolver el Lok Sabha, con el visto bueno del Jefe de Gobierno. Así ocurrió en los años 1971 y 1997. También puede disolver la Cámara cuando no se puede formar Gobierno estable, como sucedió en el año 1991. Como es propio de todo régimen parlamentario, el Primer Ministro ocupa su puesto tanto en cuanto disponga de la mayoría suficiente que le apoye.