La cultura de la India se remonta a más de 5000 años de antigüedad. En este largo e ininterrumpido período la cultura de la India se ha ido enriqueciendo también por sucesivas oleadas migratorias que fueron absorbidas por la forma de vida india. Esta variedad de culturas representa un sello distintivo de la India. Su variedad física, religiosa y racial es tan inmensa como su variedad lingüística. Debajo de esta diversidad yace la continuidad de la civilización y la estructura social de la India. La India moderna presenta un pano
rama de unidad en la diversidad.
GEOGRAFÍA Situación:
Coordinados Geográficos:
Hora India Estándar: Área: Prefijo Telefónico del País: Países Fronterizos:
Costa India:
Clima:
Terreno:
Recursos Naturales:
Riesgos Naturales:
Convenios sobre Medioambiente Internacionales
Nota: PUEBLO Cuadro Demográfico:
Tasa de Crecimiento Demográfico: Tasa de Natalidad: Tasa Mortalidad: Esperanza de Vida: Ratio entre Sexos: Nacionalidad: Grupos Étnicos:
Religiones:
La península India es separada del Asia continental por las Himalayas. Está rodeada por la Bahía de Bengala al este, el mar arábigo al oeste, y el Océano Indico al sur.
Completamente en el hemisferio norte, el país se extiende entre latitudes 8° 4’ y 37° 6’ norte del Ecuador, y longitudes 68°7’ y 97°25’ este de él.
GMT + 05:30
3.3 Millones km2
+91
Afganistán y Pakistán al noroeste; China, Bhutan y Nepal al norte; Myanmar al este; y Bangladesh al este de Bengala. Sri Lanka está separada de la India por tan solo un estrecho, constituido por el Estrecho Palk y el Golfo de Mannar.
7.516,6 km consiste en la parte continental, las Islas Lakshadweep, y las Islas Andaman & Nicobar.
El clima de la India se puede clasificar como tropical monzónico. Pese a que la mayor parte del norte del país se ubica más allá de la zona tropical, prácticamente toda la India tiene un clima tropical caracterizado por más bien altas temperaturas y inviernos secos. Cuenta con cuatro estaciones – (i) invierno (diciembre-febrero), (ii) verano (marzojunio), (iii) monzón sur-oeste (julio-septiembre), y (iv) pos-monzónica (octubre-noviembre).
La tierra firme consiste en cuatro regiones, a saber, la zona gran montaña, las llanuras gangéticas y del Indo, la región desértica, y la península sureña.
Carbón, mineral de hierro, mineral de manganeso, mica, bauxita, petróleo, mineral de titanio, cromo, gas natural, magnesio, piedra caliza, tierra de cultivo, dolomita, barites, caolín, yeso, apatito, fosforito, steatito, fluorito, etc.
Inundaciones provocadas por monzones, riadas, sequías, y desprendimientos de tierra.
Control de contaminación del aire, conservación de energía, gestión de desechos sólidos, conservación de gas y petróleo, conservación forestal, etc.
Declaración de Río sobre Medioambiente y Desarrollo, Protocolo de Cartagena sobre Bioseguridad, Protocolo de Kyoto - Protocolo de la Convención de Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático, Convenio Comercial Mundial, Protocolo Helsinki al LRTAP sobre la reducción de emisiones sulfúricas de óxidos nitrógenos o sus flujos transfronterizos (Protocolo Nox), y Protocolo de Ginebra al LRTAP sobre el control de emisiones de compuestos orgánicos volátiles o sus flujos transfronterizos (Protocolo de VOCs).
La India ocupa la mayor parte del subcontinente sudasiático.
India contaba con 1,028 millones de habitantes (532,1 millones varones y 496,4 millones hembras) el 1 de marzo de 2001.
1.93 por ciento durante 1991-2001.
24.8 por mil según el censo de 2001.
Tasa de Mortalidad Cruda 8.9 según el censo de 2001.
63.9 años (varones); 66.9 años (hembras)
933 según el censo de 2001
Indio/a
Se encuentran entre las gentes de la India todos los cinco tipos raciales mayores del mundo - Australoide, Mongoloide, Europoide, Caucásicos, y Negroide.
De acuerdo con el censo de 2001, los Hindues constituían la mayoría con el 80.5 %, los Musulmanes ocupaban el Segundo lugar con el 13.4%, seguidos por Cristianos, los Sijs, los Budistas, los Jainistas, y demás.
NOTADELA EMBAJADORA
DÉJAME VER LA INDIA CON TUS OJOS -VERÓNICA ARANDA LA INDIA -WILL DURANT
GANESHA Y LOS ELEFANTES INDIOS DR. ENRIQUE GALLUD JARDIEL
CARTA DESDE LA ESENCIA DE LA VIDA ABIGAIL STISIN DEL AGUILA
LA MIRADA SE DESNUDA: LA INDIA Y YO
PROF. PEDRO CARRERO ERAS
ECONOMÍA INDIA HACIA CRECIMIENTO ESTABLE ABDUL MAJID PADAR
AYURVEDA: MEDICINA TRADICIONAL INDIA DR. BHARAT NEGI
DADIMA KI RASOI LASSI - EL REFRESCO DE SIEMPRE - REDACCIÓN ROGAN JOSH (CORDERO EN SALSA) - MANJULA BALAKRISHNAN
VISITANDO NUESTRO PRADESH UTTAR PRADESH - VIAJAR CON HOLA NAMASTE
BENARÉS - LA CIUDAD DE LA LUZ FÉLIX ROIG
Estimado lector:
Está en sus manos el primer número de Hola Namaste que publicamos con la esperanza de que esta revista de por sí refleje el respeto que mutuamente guardan España y la India a la riqueza y la diversidad de las culturas. Como democracias pluralistas España e India tienen mucho que aprender de sus experiencias recíprocas. Aunque ha habido un aumento sustancial en las relaciones entre nuestros dos países en los últimos años, todavía prevalece el miedo a lo desconocido que impide que éstas alcancen su verdadero potencial.
La hospitalidad que se nos ha brindado a los miembros de la Embajada en todas partes de España es conmovedora, y esta revista constituye nuestro homenaje a esta generosidad del pueblo español.
Espero que Hola Namaste, que constituyen dos saludos respetuosos de nuestros dos pueblos, motive a sus lectores a contribuir a ampliar el entendimiento actual que nos aproxima cada vez más sobre muchos asuntos y eventos internacionales así como el intercambio bilateral que existe a los niveles político, comercial, cultural y académico.
Creo que esta revista va a ser de agrado no sólo del público en España sino que también encontrará una acogida entre los lectores de habla hispana en América Latina. Huelga decir que abrimos nuestras puertas no sólo a los indólogos sino también a todo el mundo que desee compartir sus vivencias y experiencias sobre relaciones entre la India y España abarcando cualquier tema desde la inversión, el comercio, la tecnología, la educación, la filosofía, ciencia, literatura, turismo, cocina etc.
Será de gran aprecio si las colaboraciones, inclusive con fotos, se nos hacen llegar durante la primera semana de cada mes, preferiblemente por medio de correo electrónico. Las notas se pueden dirigir al Director de Hola Namaste a las señas amajidpadar@embassyindia.jazztel.es
Con mis más atentos saludos,
Suryakanthi Tripathi Embajadora
Déjame ver la India con tus ojos, divisar cada templo desde tu perspectiva, fundirme en el bullicio de calles infinitas, mezclarme en los colores de saris y mercados.
Déjame ver la India con tus ojos, arrojar los relojes al cántaro del Ganges y hacer del tiempo un surco de tranquilos camellos y ser en el paisaje como el loto del agua.
Déjame ver la India con tus ojos, acostumbrarme a un norte de yugos y cloacas, pensar que Brahma o Shiva dictaron cada karma, poniendo adobe o mármol en la misma llanura.
Will Durant
ntes de cualquier actividad espiritual o mundana, desde la más nimia a la más ambiciosa, el primer cuidado del hindú será encomendarse a Ganesha, el dios-elefante, símbolo de la inteligencia y deidad propiciatoria de cualquier tarea o actividad, especialmente las de tipo intelectual o artístico. A esta solemnidad ritual se le denomina mangalâcharana, literalmente «acto auspicioso de reverenciar los pies de la deidad». Sin un momento de atención a Ganesha, ninguna actividad da frutos, ni siquiera la adoración a los otros dioses.
Ésta es la creencia del hombre común en la India, porque precisamente Ganesha es gana isha, el dios del hombre común. Y aunque este carácter zoomórfico del dios de la inteligencia fue malentendido y ridiculizado por algunos occidentales de renombre — como el mismo John Locke— veremos que el elefante posee desde antiguo para los hindúes las más excelsas connotaciones.
El dios Ganesha es, sin duda, el más querido. Es hijo del dios Shiva y de la diosa Pârvatî y está casado con Siddhi y
Buddhi, quienes simbolizan el intelecto y los poderes sobrenaturales, respectivamente. Es padre de Kshema (la prosperidad) y Lâbha (el provecho). Se le considera el eliminador de problemas, por lo que recibe el nombre de Vighneshvara (“dios de los obstáculos”, aludiendo a que es el dios que acaba con ellos). Se le invoca, como hemos dicho, antes de iniciarse cualquier tipo de solemnidad, viaje o actividad. Es especialmente venerado por estudiantes, escritores y negociantes. La poetisa shivaíta Auvaiyar escribe al respecto:
Si adoras a Vinâyaka, de rostro de elefante, tu vida se expandirá ilimitadamente. Si adoras a Vinâyaka, el del blanco colmillo, tus deseos y tus dudas se desvanecerán. Por ello, adórale, muéstrale tu amor con ofrendas de frutos y flores y mitiga así la carga de las acciones.
A muchos de nosotros nos importa especialmente, pues es el dios de la literatura. Según la tradición, él mismo transcribió el Mahâbhârata, el poema épico de la «Gran India», al dictado de Vyâsadeva, al que impuso la condición de que debía contar toda la historia sin detenerse. Como se le rompiese una pluma, Ganesha se arrancó un colmillo de su cabeza de elefante y siguió escribiendo con él, para no interrumpir el flujo de palabras dictadas.
Su función es la de otorgador de poderes, en su aspecto de Siddhipati («señor del poder»), pues es la personificación de la mente de Shiva y reúne en sí los cinco elementos de la creación — tierra, aire, fuego, agua y éter— y maneja las fuerzas fundamentales que integran la materia.
Su origen es el siguiente: estando la diosa Pârvatî bañándose en sus habitaciones fue sorprendida por su esposo, el dios Shiva, por lo que pensó buscar un guardián para su puerta. Con este fin tomó rocío de su cuerpo y barro, y formó a Ganesha. Cuando Shiva quiso entrar, Ganesha se opuso con tanta violencia que hasta golpeó al dios. Furioso, Shiva llamó a sus tropas, para que le matasen. Pero Ganesha les hizo frente, por lo que Shiva puso ante él a la bellísima Mâyâ, la personificación de la ilusión. Mientras Ganesha la contemplaba, el dios le arrojó su tridente y le cortó la cabeza. Pârvatî montó en cólera y devoró a gran parte del ejército del dios. Éste envió a sus emisarios hacia el norte con la orden de traer la cabeza del primer animal que encontraran, que resultó ser un paquidermo, con objeto de que Ganesha pudiera resucitar.
Su cuerpo suele ser de color rojo o amarillo y sus manos son portadoras de una maza, un loto, un nudo corredizo, una concha y un disco arrojadizo, además de un cuenco lleno de arroz o de dulces de los que se alimenta, o de joyas y perlas que derrama sobre sus devotos. Lleva serpientes en los tobillos y en el pecho. Entre sus otros atributos se encuentran el hacha, un doble tridente, un cuchillo, un arco hecho con una caña de azúcar, un bastón de mando y el focino, usado simbólicamente para eliminar los obstáculos en el camino espiritual.
A Ganesha se le representa simbólicamente por la letra ga (ga) del alfabeto sánscrito y por el signo de la esvástica o sâthiya.
Además de Ganesha, veamos qué otros elefantes han obtenido un lugar de importancia en el mundo mitológico hindú.
Hay varias leyendas sobre el origen de los elefantes. En diversos purâna o libros de tradiciones mitológicas, se narra el batimiento del Océano de Leche que los dioses llevaron a cabo junto con los demonios para obtener el amrita o néctar de la inmortalidad. Se dispusieron a hacerlo utilizando al monte Mandara como palo y a Vâsukî, rey de los nâga o serpientes semidivinas, como cuerda. Del océano surgieron varios tesoros y seres maravillosos, entre ellos los elefantes. Por eso se les considera preciosos y deben ser protegidos y valorados como joyas.
Concretamente se habla de Airâvata, el elefante gigantesco que es cabalgadura de Indra, rey de los dioses. Es el arquetipo zoomórfico de las nubes portadoras de lluvia, por lo que su color es blanco. Es la deidad guardiana del Este y defiende ese punto cardinal. Surgió tras el batimiento del océano, pero según otra leyenda, cuando nació el ave Garuda, cabalgadura del dios Vishnu, en el instante en que rompió el huevo, el dios Brahmâ cogió en sus manos las dos mitades de la cáscara y cantó sobre ellas siete melodías celestiales. Airâvata nació entonces de la cáscara de huevo que Brahmâ tenía en la mano derecha. Le siguieron siete machos más. De la cáscara de la mano izquierda surgieron ocho hembras y así se formaron los antepasados de todos los elefantes de la tierra.
Originariamente los elefantes podían volar, pero en una ocasión se posaron sobre las ramas de un árbol bajo el cual se encontraba el asceta Dîrghatapas y sus seguidores. La rama se rompió y los elefantes aplastaron a algunos de los ascetas. Dîrghatapas les maldijo y desde ese día perdieron sus alas, como se narra en el Vâyupurâna.
A Airâvata se le llama también Gajaindra, «el elefante de Indra», y se le relaciona con el fluido vital del cosmos. También se emplea su nombre para designar al arco iris y cierto tipo de relámpago. Su consorte se llama Abhramu (de mu, «formar», y abhra, «nube»: «la que produce nubes»).
Este símbolo de un dios védico perduró en el hinduismo posterior y la relación del elefante con la rama vishnuita se encuentra en esta figura mitológica de Gajendra, gran devoto del dios Vishnu, a quien se llama Karivarada o «protector de los elefantes». Este nombre se debe a una leyenda del Bhâgavatapurâna, que cuenta que en los bosques del monte Trikuta vivía el rey de los elefantes, gobernando y protegiendo sabiamente a su manada. En cierta ocasión se dirigió a bañarse en un lago donde moraba un cocodrilo. Éste mordió al elefante en una pata y, por más esfuerzos que hacía el paquidermo, el animal no soltaba su presa. La lucha duró mil años, al cabo de los cuáles la fuerza del elefante comenzó a disminuir, mientras que el cocodrilo mantenía su potencia y su decisión. El elefante empezó a rezar a Vishnu, para que le protegiera. El dios se manifestó y, con su disco, cortó la cabeza del cocodrilo. Según otra versión, el dios no mató al reptil, pues su sola presencia bastó para que ambos animales cesaran en su lucha para reverenciarle.
En el contexto indio, el elefante es un símbolo muy variado, distinto al que le adjudicó tradicionalmente Aristóteles
o al que menciona la psicología analítica actual. La interpretación más antigua que se conoce de los elefantes los relaciona en los Veda con el poder y el esplendor real, asociándolos a los reyes que cabalgaban sobre ellos. Son también símbolo de estabilidad, solidez y permanencia, de la sabiduría de las edades y de la fuerza serena y controlada. Posteriormente, en la etapa búdica y upanishádica, se les asocia con la pureza, por el hecho de ser vegetarianos, pese a su gran tamaño. Además, el elefante atraviesa la selva apartando con
su trompa los obstáculos del camino, lo que se puede entender en el sentido del sendero espiritual del que hay que apartar todo lo que entorpece el progreso. Así, queda identificado con la sabiduría cercana al hombre, por ser un animal que trabaja junto a él.
Concretamente, para los budistas, el elefante es símbolo del poder mental. Al inicio de la meditación, la mente incontrolada se representa como un elefante de color gris que puede volverse furioso en cualquier momento y destrozar todo lo que encuentre a su paso. Tras practicar las técnicas de control mental, el intelecto queda simbolizado por un elefante blanco que permite ser conducida y que ayuda con gran efectividad a destruir los obstáculos del camino.
Aparte de esta interpretación simbólica general se considera a los paquidermos de maneras muy específicas. En su asociación más antigua representa a la nube y, como tal, puede llegar a ser adorado. Es una nube de lluvia que camina por la tierra y con su presencia mágica, llama a sus parientas celestiales, las nubes, elefantes del cielo, para que se acerquen. Así, por su asociación con la lluvia, la fertilidad de las cosechas, el ganado y, en general, el bienestar del hombre, se le considera un animal benefactor. De ahí que los reyes críen elefantes para el bienestar de sus súbditos y que en un rito anual dedicado a la lluvia, la fertilidad de las cosechas y el bienestar general del reino, se pinte al elefante de blanco con pasta de sándalo y se lo lleve en solemne procesión por la capital. Según el Hastâyurveda —tratado específico sobre elefantes que luego mencionaremos—, si no se hiciera así, perecerían todos en el reino, por haber desatendido a una divinidad.
Lakshmî, la diosa de la prosperidad, esposa de Vishnu, tiene asimismo su vínculo con los paquidermos, en su aspecto de Gajalakshmî («Lakshmî de los elefantes»). Este aspecto aparece de la siguiente manera: de un jarrón lleno de agua brotan cinco lotos, dos de los cuáles sostienen a un par de elefantes blancos a los lados. Éstos, con sus trompas, derraman agua sobre la diosa mientras ésta levanta con su mano derecha sus pechos como símbolo de fertilidad. Estos elefantes se llaman Shrîgaja («elefantes de Shrî [Lakshmî]») y simbolizan, como ya hemos indicado, las nubes benefactoras, que traen riqueza, prosperidad y felicidad a los seres vivos.
Otro aspecto curioso es del de kâmagaja, «el elefante del deseo». Kâmadeva, el dios del amor, suele representarse iconográficamente montado sobre un elefante de color verde cuyo cuerpo está formado íntegramente por cuerpos de mujeres. La mente sería en este caso el ankusha o focino, que puede controlar el deseo.
Entre estas variedades simbólicas se concede especial valor a los elefantes blancos — albinos con manchas claras o sonrosadas — porque sugieren el origen de su antepasado surgido del Océano de Leche. Se relacionan particularmente con la figura del Buddha, pues de acuerdo con la concepción budista, el bodhisattva descendió desde el cielo en forma de elefante blanco al seno de su madre, la reina Maya, lo que ella anticipó en un sueño. Desde entonces el blanco es el color sagrado del budismo y el elefante sirve también para representar a Gautama Buddha, de quien es cabalgadura. Según el budismo, este animal es símbolo de la inteligencia y quien trae la redención de las ataduras mundanas. Ya en el año 231 a. de C. el elefante era el emblema de esta filosofía y aparecía en las tallas de los templos
Su relación con la prosperidad es muy clara y, según una leyenda de las vidas anteriores del Buddha, el bodhisattva, nacido como el príncipe Vishvântara, se desprendió del elefante blanco del reino de su padre, regalándolo generosamente a un país vecino que sufría el hambre y la sequía, para que la presencia del elefante blanco mitigara estos males, como así sucedió. Sin embargo, el pueblo se sintió tan traicionado al perder a su animal sagrado que obligó al príncipe Vishvântara a marchar al destierro.
Otro valor simbólico que se les adjudica a los paquidermos es el de animales cosmóforos o sostenedores del cosmos. Son las cariátides del universo. Tradicionalmente existen ocho elefantes mitológicos que sostienen el mundo sobre sus lomos y protegen los ocho puntos cardinales. A tales animales se les denomina hastin («elefante») o diggaja («elefante de los puntos cardinales»). Sus nombres son Airâvata, Pundarîka, Vâmana, Kumuda, Añjana, Pushpadanta, Sarvabhauma y Supratîka. Se les suele representar juntos, en sus lugares respectivos de un rectángulo que incluyen en su centro todos los símbolos de la tierra.
Esta noción mítica ha pasado al arte y en la arquitectura sacra de la India ha contribuido a un concepto denominado gajathar (gaja = elefante; thara = base).
Representa la parte inferior de la construcción, pues simbólicamente el elefante representa al cuadrado. En los templos clásicos hindúes el plinto de la base suele estar dividido en partes esculpidas según un orden tradicional. La más baja ofrece representaciones de espíritus subterráneos con cuernos, la de la mitad lleva representaciones de elefantes; la de encima incluye caballos y, por último, la de la parte superior del plinto, representaciones humanas. Los elefantes como sostenedores del universo son una metáfora viviente de ese concepto de nomenclatura reciente pero existente ya en la antigüedad: la ecología, el equilibrio entre las especies que permite el sano y continuo desarrollo de los seres vivos, seas éstos cuáles sean.
Es común asimismo en la narrativa mitológica del hinduismo encontrar al elefante como símbolo total del universo, representando al Todo, al Absoluto. Muy conocida es la parábola de los cinco ciegos que tocaban cada uno una parte del elefante —la trompa, la pata, la cola— y lo describían de forma parcial, sin poder aprehender su totalidad, de la misma manera que se tiene una visión fragmentaria del universo.
Pero hay más, debido al valor metafísico que los hindúes han adjudicado tradicionalmente a los sonidos, las letras y las palabras. En un himno de los Brahma Sûtra se identifica al elefante con el proceso de evolución del espíritu hacia el Absoluto. Dice el poema:
Gaja, el elefante, es el origen y el fin. El yogî, en su experiencia del samâdhi, llega a un estado llamado ga, la meta; y ja es el origen de donde surge el Aum, el sonido primigenio.
Todos estos aspectos han conducido a una sacralización del elefante, junto con otros animales, pues aunque muchas culturas consideran la zoolatría o adoración de animales como una forma baja de religiosidad, no ocurre en absoluto así en el contexto indio. Los animales son una forma de vida distinta de la humana, pero no necesariamente inferior. Participan de pleno en la esencia divina de todo el universo y sirven como símbolos de unas características venerables. El ser divino, que lo es todo, incluye por igual a dioses, hombres, bestias y hasta los objetos inanimados. Nada hay fuera de él. De ahí el carácter sagrado de los animales y el que desde antiguo se les haya venido sacralizando en la India, como parte integrante de la naturaleza. Así el caso del elefante, del caballo, del pavo real, del cisne, del león. No es difícil amar a estos animales y los indios lo hacen: los respetan, los protegen y los veneran en su iconografía sagrada.
Esta práctica, poco entendida en Occidente, hace que el indio se incline por un saludable vegetarianismo y viva con gran naturalidad en contacto con otros seres vivos. En general, los indios conviven fácilmente con los animales, no les consideran un peligro ni les atacan innecesariamente. Aunque gran número de especies se hallan especificadas en este proceso de sacralización, algunas de ellas se encuentran en una situación privilegiada, por razones culturales, económicas y de otra índole. El elefante entra por derecho propio en esta categoría.
Todos los dioses del panteón indio están asociados de una u otra manera a un animal. Esta peculiaridad tuvo como finalidad el propiciar mediante la religión la formación de una sociedad respetuosa con la fauna, adjudicando a un gran número de especies la categoría de sagradas. La mitología presenta la condición de vâhana, un animal que es el vehículo de un dios y que representa una de las funciones primordiales de éste. Nos hallamos, en realidad, ante una manifestación zoomórfica de los propios dioses. El elefante es la cabalgadura de Indra, rey de los dioses, de Indranî, su consorte, y de Kuvera, dios de las riquezas, además de hallarse vinculado a otras deidades.
Esto conduce a un respeto extremo y a que la veneración a los elefantes — simbolizados en el dios Ganesha— sea una de las cinco variedades del culto hindú, junto con los adoradores de Shiva, de Vishnu, de la diosa madre y del sol.
El nombre genérico que se emplea para las sectas que adoran principal-mente a Ganesha, es el de gânapatya. Existen seis sectas principales, que ado-ran al dios como única deidad, para las que éste simboliza todo el universo y que comenzaron a cobrar impulso con el inicio del culto a Ganesha entre los siglos V y VIII . Se encuentran especial-mente en la costa occidental de la India. De entre ellas las más importantes son los Haridraganapati. Consideran a Ganesha el creador del universo, mientras que los otros dioses no son sino miembros del cuerpo del dios. Los que pertenecen a esta secta se tatúan en una parte de su cuerpo la cabeza del dios. Están también los Mahâganapati, quienes consideran a Ganesha como el dios creador y la única deidad que perdurará tras la disolución del universo. Para ellos la repetición y adoración del nombre del dios es suficiente para alcanzar la liberación. Además, existen los Uchchishthaganapati, semejantes a las sectas del sendero izquierdo del Tantra, en las que se intenta percibir a la divinidad mediante los caminos social-mente mal considerados, como sexo, empleo de estupefacientes, et. No hacen distinciones de casta y se distinguen por una marca circular roja en sus frentes. Se cuentan asimismo los Navanîta, los Svarna y los Santâna. Algunas de estas sectas practican la lectura del libro denominado Ganeshagîtâ, y que no es sino la Bhagavad Gîtâ en la que el nombre de Krishna, encarnación del dios Vishnu, ha sido substituido por el de Ganesha.
Pero el elefante no es sólo objeto de ficción. Existe toda una literatura científica sobre los paquidermos, pues considerada la pasión de los indios por el tratamiento sistemático y técnico de todos los temas que les interesan, hubiera sido muy extraño que no hubiesen prestado especial atención a este animal, que ha desempeñado un papel importante en sus vidas y en su cultura.
La creación de la elefantología científica india se le atribuye a Pâlakâpya, aunque las primeras referencias sobre elefantología aparecen en el Arthashâstra de Kautilya Chânakya (siglo III a. de C), donde se lee lo siguiente:«El rey que cuide a los elefantes como a sus propios hijos siempre saldrá victorioso y, tras su muerte, gozará del reino celestial.» De ahí en adelante, en ningún tratado político o militar indio faltan las referencias a los elefantes.
El Hastâyurveda [La sabiduría sobre la longevidad de los elefantes] es la enciclopedia clásica sobre el tema. Consta de 7.600 pareados, además de varios capítulos en prosa. Es una obra sánscrita, sin fecha conocida, atribuida a Pâlakâpya. También se conoce como Gâja Shâstra. Está dividida en cuatro partes: enfermedades graves de los elefantes y su cura, enfermedades leves, cirugía para paquidermos y, por último, alimentación y acomodo de los animales.
Otras obras dignas de mención sobre el tema son el Yashastilaka de Somadeva Surî, que data del 1059; el Shukranîti de Shukrâchârya, del siglo XIX; y el que los especialistas han llamado el «manuscrito de Tanjavur», una obra sánscrita incompleta pero muy interesante sobre paquidermos.
Empero, el libro más curioso es el Mâtanga Lîlâ [Tratado festivo sobre elefantes], que conocemos por la versión del gran indólogo alemán Heinrich Zimmer. El creador de esta pequeña joya fue Nîlakantha Bhatta, autor de varios compendios científicos. Vivió en el siglo XVII y era nativo de Kerala. El libro es un tratado en 263 versos, divididos en doce capítulos, y trata de los siguientes temas relacionados con los paquidermos: características favorables y desfavorables, marcas de longevidad, medidas, diferencias de carácter, modo de cazarlos, manera de cuidarlos, su régimen y las cualidades que se desean en ellos.
Es especialmente interesante y detallada la descripción que este libro hace de un estado en el que caen los machos de esta especie, conocido en la India como masta, que podría traducirse por «embriaguez». Se trata de una especie de locura que puede afectar a los individuos masculinos en cualquier época del año y sin razón aparente. Durante un tiempo variable (siempre inferior a un mes) el elefante se vuelve peligroso y ataca a casi cualquier ser que se le acerque. También expulsa una segregación oleaginosa de color ocre que le resbala por las mejillas, la que daría lugar a que, siglos más tarde, Charles Darwin afirmara que los elefantes indios lloran en ocasiones. El Mâtanga Lîlâ describe esta estado pasajero del animal con gran profusión de detalles y alta precisión científica.
En cuanto al elefante como animal representativo de la India en obras de ficción, puede mencionarse la pieza teatral sánscrita Svapnavâsavadatta, compuesta por Bhasa, donde se narra que, para aprisionar a un enemigo, un rey construyó un gran elefante blanco de madera, al que se recubrió con pieles para darle mayor autenticidad y que, en su interior, ocultó a un gran número de soldados, dispuestos en emboscada, en claro paralelismo argumental con la Ilíada.
Dejando ya el plano del símbolo y las letras, veremos el lugar de los elefantes en el mundo natural.
En la India los elefantes han sido una parte integral de la cultura histórica, desde mucho antes del período védico. Su domesticación se remonta al tercer milenio a. de C., en la civilización del Valle del Indo. Ya aparecía el elefante en los sellos de Mohenjo-Daro, que se cuentan entre las primeras obras artísticas no sólo de la India, sino de la civilización humana. Estos sellos proporcionan las representaciones más antiguas conocidas del elefante. Muestran al animal en sus funciones doméstica y mitológica. Se representa al elefante ante un pesebre, por lo que ya debía de desempeñar un papel en la vida cotidiana. Nos estamos refiriendo a la subespecie Elephas maximus indicus del elefante asiático, del que a inicios del siglo XXI quedan 50.000 ejemplares.
Desde antiguo se ha venido criando cuidadosamente a estos animales, aunque técnicamente no están domesticados, en la plena acepción del término, pues no se les ha hecho una crianza selectiva para potenciar características específicas, como el caso del ganado, los caballos o los perros. Sí se les ha clasificado, y los textos mencionan curiosamente «castas» de elefantes. Estas descripciones aparecen en el libro primero de la epopeya del Râmâyana y en el Arthashâstra de Kautilya Chânakya. Se consideran tres clases de elefantes: los kumaria o principescos, por su majestuosidad; los mriga o semejantes a ciervos, por su pequeño tamaño; y los dvashala o intermedios, una mezcla de los otros dos. Una cuta de la famosa compilación de cuentos titulada Panchatantra, atribuida a Vishnu Sharman, ilustra esta dignidad que mencionábamos:
Si sólo queremos alimentarnos, entonces ¿en qué nos diferenciamos de los perros? ¿No habéis visto a los perros ladrar y aullar ante la contemplación del alimento? No muestran modestia ni humildad. Algunos hombres son como ellos. Pero fijaos, en cambio, en los elefantes. Nunca exhiben su contento cuando se les da su comida. Su porte majestuoso, su actitud, sus gestos, son algo digno de ser considerado. Los mejores hombres son como ellos.
Esta opinión no ha cambiado con el transcurso de los siglos y Rudyard Kipling, el poeta del Imperio británico, no tuvo reparo en afirmar: «The elephant is a gentleman.»
La inteligencia de estos animales se considera proverbial en la India y fue causa de asombro para los primeros occidentales que entraron en contacto con ellos. Estrabón, en el libro decimoquinto de su Geografía asegura: «Es tan fácil su doma que aprenden a arrojar piedras contra un blanco y a emplear las armas, así como nadan de maravilla.» Marcos Jiménez de la Espada, en su libro Andanças e viajes de un hidalgo español: Pero Tafur, dice: «Fácenlos jugar con una lança, echándola en alto e rescibiéndola, e muchos otros juegos.» Flavio Arriano, en su obra Indika [Cosas de la India], también lo constata:
En efecto, el elefante es el más inteligente de los animales: como que unos, cogiendo a su cornaca muerto en la guerra, lo llevaron ellos mismos a la sepultura; otros cubrieron a los cornacas, derribados, con su cuerpo; otros arrostraron peligros para salvar la vida de su cornaca caído; y otro, en fin, que había dado muerte encolerizado a su cornaca, murió de pena y arrepentimiento.
Según cuenta la leyenda, en la famosa batalla de Hydaspes, en el 326 a.C., el rey Porus [Purushottam] quedó herido por innumerables flechas y fue su elefante quien le salvó la vida. En primer lugar le apartó del fragor de la batalla y le condujo a un sitio seguro. Después le bajó con cuidado, para que no sufriera y, finalmente, arrancó con la trompa las flechas del cuerpo de su amo. Alejandro quedó tan impresionado por este hecho que mandó grabar una moneda en donde se representaba al rey Porus sobre su elefante. Esta moneda puede admirarse hoy día en el Museo Británico de Londres.
Además de estas cualidades mencionadas, también son de admirar sus capacidades sensoriales, pues se ha constatado que los elefantes indios pueden captar infrasonidos y vibraciones del suelo, lo que les permite alertar de los frecuentes terremotos de algunas zonas. Esta peculiaridad parece que ha tenido oportunidad de comprobarse en algunos lugares de la costa de Coromandel durante el maremoto acaecido en el 2004.
No hay que decir que la cría y el adiestramiento de los elefantes los hacía generalmente el estado, pues los individuos no tenían suficientes medios para ello. Por ello, la posesión de elefantes era prerrogativa de los reyes. Los elefantes se capturaban en la selva y luego se los mantenía en reservas en el bosque o en guarniciones para fines bélicos, o se los destinaba a las cuadras reales, para que sirviesen de montura ceremonial.
Los elefantes se emplearon en la India para la guerra desde el primer milenio a. de C. En la epopeya del Mahâbhârata ya se menciona que un ejército modelo contaba en sus filas con
21.870 elefantes. Éstos eran una de las cuatro partes del ejército (con la infantería, la caballería y los carros). Los persas aprendieron de los indios esta práctica y la transmitieron a los helenos.
Un gran número de estos animales murieron en batallas. A inicios del siglo XVIII, con el uso generalizado de los mosquetes dejaron de emplearse para la primera línea de ataque. Sin embargo, su importancia no disminuyó, ya que podían transportar soldados, munición y avituallamiento por zonas de difícil acceso donde no pasaban los carros. Incluso en pleno siglo XX, durante la Segunda Guerra Mundial, todos los elefantes de propiedad privada de la India fueron requisados para emplearlos en la defensa de la frontera, contra los japoneses, que habían invadido Birmania.
Sólo en un país de tan extremados contrastes como la India sería posible compaginar este uso con la veneración a la que antes hacíamos mención. A los elefantes se les respetaba tanto que en se empleaban para elegir un sucesor al trono. La superioridad de un rey se medía en el número de elefantes de su ejército. El nacimiento de un elefante se consideraba un signo de futura prosperidad. Las celebraciones religiosas incluyen por lo general ofrendas a los elefantes.
Es de destacar una festividad en honor de Ganesha, denominada Ganeshachaturthî («cuarto día de Ganesha»). En ella se celebran desfiles por las calles de las ciudades y de los pueblos, que concluyen al arrojar imágenes del dios, hechas con barro o arcilla, a los ríos sagrados o al mar. Esto se hace en medio de cánticos y bailes. Tras la inmersión, una parte del material del que se han hecho las efigies se recupera y con él se marcan simbólicamente los graneros o aquellos lugares en los que se desea prosperidad.
En la actualidad, los elefantes suelen emplearse principalmente en procesio